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Sistemas de Familia Interna: las partes que conviven dentro

Sistemas de Familia Interna: las partes que conviven dentro

8 min de lectura Equipo de Psicogabinete Retiro

Hay una manera de hablar que aparece en consulta constantemente y que casi nadie se para a examinar: «una parte de mí quiere dejar el trabajo y otra parte se muere de miedo», «hay algo en mí que se boicotea», «me digo a mí misma que soy idiota». Solemos tomarlo como una forma de hablar. El modelo de Sistemas de Familia Interna parte de tomárselo en serio.

IFS, por sus siglas en inglés, fue desarrollado por Richard Schwartz a partir de su trabajo con terapia familiar. Trabajando con familias observó que los conflictos internos de sus pacientes tenían una estructura muy parecida a la de los sistemas familiares: papeles fijos, alianzas, protectores que se hacen cargo, miembros que quedan apartados. Y probó a tratar el mundo interno con las mismas herramientas con las que trataba a una familia en la sala.

En nuestro centro es uno de los abordajes con los que trabaja Mercedes, junto con el EMDR, y encaja de manera natural con la manera integradora en la que entendemos la terapia: no aplicamos un solo modelo a todo el mundo, sino que elegimos las herramientas en función de lo que cada persona trae.

La idea básica: la mente no es una sola cosa

El punto de partida de IFS es que la multiplicidad interna es normal, no patológica. Todos tenemos partes: la que quiere descansar y la que exige rendir, la crítica y la que se defiende, la que necesita cercanía y la que teme depender. No son personalidades ni un trastorno; son subsistemas con una historia, una función y un punto de vista propio.

La segunda idea, y es la que marca la diferencia con otros enfoques, es que ninguna parte es mala. Incluso las que producen los comportamientos más destructivos están intentando proteger algo. La parte que se atiborra por la noche, la que se bloquea antes de un examen, la que se enfada en cuanto alguien se acerca demasiado: todas tienen una intención positiva en su origen, aunque el método que usen sea costoso. Este supuesto cambia la relación con uno mismo, porque desactiva la guerra interna que muchos pacientes llevan librando años.

Los tres tipos de partes

Los exiliados

Son las partes que cargan con el dolor: la vergüenza, el miedo, la sensación de no valer, la soledad de una época concreta. Suelen ser jóvenes y suelen quedar apartadas del resto del sistema, porque lo que sienten resulta demasiado difícil de sostener. Están congeladas en el momento en el que ocurrió lo que ocurrió y siguen esperando a que alguien las mire.

Los protectores preventivos

Su trabajo es que nada active el dolor de los exiliados. Aquí entran el perfeccionismo, el control, la autoexigencia, la crítica interna, la complacencia, el pensar cada frase antes de decirla. Vistos desde fuera parecen rasgos de personalidad; vistos desde dentro son estrategias muy bien diseñadas para que no vuelva a pasar lo que pasó. El precio es alto y el sistema lo asume porque considera que la alternativa es peor.

Los protectores de emergencia

Entran en acción cuando el dolor ya se ha activado y hay que apagarlo cuanto antes. Aquí están los atracones, el alcohol, la compra compulsiva, las horas de pantalla, la disociación, la ira que estalla. Suelen ser las conductas que más culpa generan y por las que la gente pide cita. En IFS no se atacan directamente, y esa es una de las claves del modelo: si se elimina el sistema de emergencia sin haber atendido lo que protege, el sistema encuentra otro. Es lo que explica que alguien deje de beber y empiece a trabajar catorce horas.

Entre protectores hay además conflictos, y de ahí salen las polaridades: una parte que empuja a la exigencia y otra que empuja al abandono, una que busca la relación y otra que la sabotea. La persona vive en el medio de ese tira y afloja y suele identificarse alternativamente con una y con otra.

El Self

La aportación más característica del modelo es la idea de que, además de las partes, hay algo que no es una parte. Schwartz lo llama Self y sostiene que no hay que construirlo ni ganarlo, porque está siempre ahí; lo que ocurre es que a menudo queda tapado por las partes que llevan las riendas.

El Self se reconoce por cómo se siente estar en él: hay calma, curiosidad hacia lo que pasa dentro en lugar de juicio, claridad, y una disposición compasiva que no es autoindulgencia. Cuando una persona puede mirar a una parte suya desde ahí, en vez de pelearse con ella o quedar absorbida por ella, el trabajo terapéutico avanza casi solo.

La formulación práctica es sencilla: el objetivo no es tener menos partes, es que sea el Self quien esté al frente. Las partes siguen existiendo, con sus funciones, pero dejan de gobernar en solitario.

Cómo es una sesión

El trabajo suele empezar con algo muy concreto que ha pasado durante la semana y con la pregunta de qué parte estaba ahí. A partir de ahí el proceso sigue una secuencia bastante reconocible:

  • Encontrar la parte. Dónde se nota en el cuerpo, qué edad tiene la sensación, qué imagen aparece si aparece alguna. No hace falta ver nada: hay quien lo nota solo como una tensión o como una voz.
  • Comprobar cómo se siente uno hacia ella. Este paso es el que más se salta y el más importante. Si lo que hay es rechazo o miedo, todavía no se está en el Self y toca trabajar primero con la parte que rechaza.
  • Conocerla. Preguntarle qué teme que pasaría si dejara de hacer su trabajo. Las respuestas suelen ser reveladoras y casi siempre proteccionistas.
  • Pedirle permiso. Los protectores solo dejan acceder a lo que protegen cuando confían en que el sistema puede sostenerlo. No se fuerza.
  • Atender al exiliado. Escuchar lo que carga, dejar que muestre la escena de la que viene y ofrecerle lo que entonces no hubo.
  • Descargar y reasignar. La parte suelta la carga que llevaba y el protector queda libre para tener otra función, porque su trabajo ya no es necesario.

Dicho así puede sonar esotérico y conviene bajarlo a tierra: no hay nada místico en el procedimiento. Es una forma estructurada de dirigir la atención hacia dentro, con un terapeuta que sostiene el proceso y que interviene sobre todo para que la persona no se salte pasos ni se pelee consigo misma. La mayor parte de las sesiones son conversaciones tranquilas, no experiencias intensas.

Para qué funciona mejor

IFS encaja especialmente bien cuando hay conflicto interno claro y cuando la persona se trata a sí misma con dureza. También cuando hay conductas que se repiten en contra de lo que uno querría: los atracones, las relaciones que se sabotean, la procrastinación que no cede con ninguna técnica de organización. Y funciona bien con historias de trauma temprano y relacional, donde el trabajo directo con el recuerdo puede resultar demasiado si antes no se han atendido los protectores.

La base de evidencia es más joven que la del EMDR o la de las terapias cognitivo-conductuales, y eso hay que decirlo. Hay estudios prometedores en depresión, en trauma y en dolor crónico, y el modelo está reconocido en algunos registros de prácticas basadas en la evidencia, pero el volumen de ensayos todavía es limitado. Nos parece más honesto presentarlo como una herramienta valiosa dentro de un trabajo integrador que como una respuesta universal.

También conviene decir que no es para todo el mundo ni para cualquier momento. En una crisis aguda, en un episodio depresivo grave o cuando lo urgente es estabilizar, hay otras prioridades antes. Como con cualquier abordaje, lo que determina la elección no es el modelo sino la persona que tenemos delante.

En qué se diferencia de otras terapias

Quien ha hecho terapia antes suele preguntar en qué se distingue esto de lo que ya ha probado, y la comparación ayuda a entenderlo.

Frente a los enfoques cognitivo-conductuales, la diferencia principal está en qué se hace con un pensamiento problemático. Allí se examina, se contrasta con la evidencia y se sustituye por una interpretación más ajustada. En IFS no se discute con el pensamiento: se pregunta quién lo está diciendo y para qué. La parte crítica no se refuta, se entrevista. Son maneras distintas de acercarse al mismo material y no son incompatibles; de hecho, mucha gente se beneficia de ambas en momentos distintos del proceso.

Frente al EMDR, el parecido es mayor de lo que parece, porque los dos trabajan con material del pasado que sigue activo. La diferencia está en la puerta de entrada: el EMDR va al recuerdo y lo reprocesa, mientras que IFS va a la parte que carga con él y negocia primero con quienes la protegen. Por eso a veces se usan juntos, y es habitual empezar con IFS cuando el sistema aún no tolera acercarse directamente al recuerdo.

Y frente a los enfoques centrados en la emoción, como la terapia focalizada en la emoción o el focusing, comparte la confianza en lo que aparece cuando uno se detiene a escuchar hacia dentro. Lo que aporta IFS es un mapa: en lugar de un flujo de sensaciones, se trabaja con una estructura de partes que tienen relaciones entre sí y que se pueden ir conociendo una a una.

Lo que se lleva la gente

Cuando el proceso funciona, el cambio que más se nota no es que desaparezcan las partes difíciles. Es que la conversación interna deja de ser una pelea. La parte crítica sigue apareciendo, pero ya no se la obedece ni se la combate: se la escucha, se entiende de qué tiene miedo y se decide desde otro sitio. Muchos pacientes lo resumen diciendo que han dejado de ser su peor enemigo, y esa frase, dicha en serio, describe bastante bien de qué va todo esto.

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