Cuando alguien oye hablar del EMDR por primera vez, la reacción suele ser de escepticismo. Se lo han contado como «una terapia en la que mueves los ojos y se te pasa el trauma», y dicho así suena a truco. La descripción no es del todo falsa —los movimientos oculares están ahí— pero se deja fuera casi todo lo importante, que es el protocolo que los rodea.
En nuestro centro trabajamos con EMDR dentro de un marco más amplio. Patricia y Paula se formaron en la Asociación Española de EMDR, y Mercedes está especializada en este abordaje junto con Sistemas de Familia Interna. No es lo único que hacemos ni lo aplicamos a todo el mundo, pero para determinadas cosas es la herramienta que mejor funciona.
De dónde sale
Lo desarrolló Francine Shapiro a finales de los ochenta a partir de una observación casual: paseando por un parque se dio cuenta de que ciertos pensamientos molestos perdían intensidad mientras sus ojos se movían de un lado a otro. En lugar de quedarse en la anécdota, montó un procedimiento alrededor y empezó a investigarlo.
Cuatro décadas después, el EMDR está reconocido por la Organización Mundial de la Salud como tratamiento de elección para el trastorno de estrés postraumático, y aparece en las guías clínicas de referencia junto a las terapias cognitivo-conductuales centradas en el trauma. No es una terapia alternativa ni marginal: es un tratamiento con evidencia sólida en su indicación principal.
Lo que sigue siendo objeto de debate es el mecanismo. Hay varias hipótesis —la sobrecarga de la memoria de trabajo, la similitud con el procesamiento que ocurre en la fase REM del sueño, la respuesta de orientación— y ninguna está cerrada del todo. Que funcione está bastante establecido; por qué funciona, menos. Decirlo así nos parece más honesto que vender certezas que no existen.
La idea de fondo: recuerdos mal guardados
El modelo del que parte el EMDR sostiene que el cerebro tiene un sistema natural para procesar las experiencias: las integra, extrae lo útil y las archiva como algo que pasó. Cuando una experiencia es demasiado intensa o llega en un momento en el que no hay recursos para digerirla, ese procesamiento no se completa y el recuerdo queda almacenado tal cual: con las imágenes, las sensaciones corporales, las emociones y las creencias del momento en que ocurrió.
Por eso quien tiene un recuerdo así no lo revive como algo pasado, sino como algo que vuelve a estar ocurriendo. El cuerpo reacciona igual que entonces. La creencia que se formó entonces —«no valgo», «no estoy a salvo», «es culpa mía»— sigue operando como si fuera un hecho comprobado. El objetivo del EMDR es completar ese procesamiento pendiente para que el recuerdo pase a estar donde debía estar: en el pasado.
Es importante subrayar que el objetivo no es olvidar. Nadie sale de un proceso de EMDR sin recordar lo que le pasó. Lo que cambia es la carga: se puede pensar en ello sin que el cuerpo se dispare y sin que la conclusión sobre uno mismo siga siendo la misma.
Cómo es una sesión
El protocolo tiene ocho fases y solo una de ellas incluye la estimulación bilateral. Simplificando bastante:
- Historia y plan. Se recoge la historia completa y se identifican los recuerdos que están alimentando el problema actual. Esta fase puede llevar varias sesiones y es donde se decide si el EMDR es lo indicado.
- Preparación. Se explica el procedimiento y se entrenan recursos de regulación: lugar seguro, técnicas de anclaje, formas de parar. Nadie entra en el reprocesamiento sin tener esto disponible.
- Evaluación. Sobre el recuerdo elegido se identifica la imagen más perturbadora, la creencia negativa asociada, la creencia positiva que se desearía tener, la emoción, la sensación corporal y una medida subjetiva del malestar.
- Desensibilización. Aquí entra la estimulación bilateral: movimientos oculares siguiendo la mano del terapeuta, golpecitos alternos o sonidos alternados en cada oído. Se hace en tandas cortas, y entre tanda y tanda se pregunta simplemente qué aparece. No hay que contar nada que no se quiera.
- Instalación. Se refuerza la creencia positiva hasta que se siente verdadera.
- Chequeo corporal. Se comprueba que no quedan restos de tensión asociados al recuerdo.
- Cierre. Se deja la sesión en un estado estable, aunque el trabajo no esté terminado.
- Reevaluación. En la sesión siguiente se comprueba qué se ha mantenido.
Durante la desensibilización la persona está despierta, consciente y con el control. No es hipnosis. Se puede parar en cualquier momento levantando la mano, y esa señal se acuerda antes de empezar. El terapeuta habla poco: la mayor parte del trabajo lo hace el propio sistema de la persona, y la función del profesional es sostener el proceso y no interferir.
Qué suele pasar entre tandas
Aparecen cosas. A veces otras escenas, a veces sensaciones corporales, a veces una idea que uno no esperaba, a veces nada. No hay que forzar ninguna dirección ni buscar el recuerdo «correcto». La instrucción habitual es simplemente notar lo que venga, sin juzgarlo, como quien mira el paisaje desde un tren.
Es frecuente que el malestar suba antes de bajar. También lo es que aparezca material que llevaba años sin tocarse. Por eso la fase de preparación no es un trámite: sin recursos de regulación, abrir esto puede desbordar.
El objetivo no es que olvides lo que pasó. Es que puedas recordarlo sin que el cuerpo vuelva a vivirlo.
Para qué se usa
Su indicación principal, y donde la evidencia es más sólida, es el trastorno de estrés postraumático: accidentes, agresiones, catástrofes, intervenciones médicas traumáticas, situaciones de violencia. Ahí el EMDR suele producir resultados en un número relativamente corto de sesiones.
En los últimos años se ha extendido su uso a lo que se conoce como trauma complejo o trauma del desarrollo: experiencias tempranas sostenidas en el tiempo que no fueron un acontecimiento puntual, sino un clima. Negligencia emocional, un entorno impredecible, humillación repetida, la sensación permanente de no ser suficiente. Aquí el trabajo es más largo, requiere mucha más fase de preparación y se combina siempre con otros abordajes.
También lo utilizamos como parte del tratamiento en duelos que se han quedado atascados, en fobias con un origen identificable, en algunos cuadros de ansiedad cuando hay un episodio concreto detrás, y en trastornos de la conducta alimentaria cuando aparece una experiencia temprana que sostiene la relación con el cuerpo.
Cuándo no es lo indicado
Merece la pena decirlo porque circula bastante entusiasmo alrededor de esta técnica. El EMDR no es una primera opción cuando la persona está en una crisis aguda o en una situación de riesgo, cuando no hay estabilidad suficiente para tolerar la activación, cuando existe un consumo activo que impide la regulación, o cuando lo que la persona necesita es otra cosa: herramientas de gestión, un cambio en su situación vital, o simplemente un espacio donde hablar.
Tampoco es magia. Hay quien llega esperando una o dos sesiones y salir reparado. El EMDR ahorra tiempo en comparación con otros abordajes del trauma, pero sigue siendo un proceso, y en trauma complejo puede ser un proceso largo.
Y una precaución importante: es una técnica que exige formación acreditada. Si alguien te ofrece EMDR, tienes todo el derecho a preguntar dónde se formó y si esa formación está avalada por la Asociación EMDR España o equivalente. Aplicado sin criterio, y sobre todo sin la fase de preparación, puede hacer daño.
Preguntas que nos hacen
- «¿Tengo que contar lo que pasó con detalle?» No. Es una de las diferencias con otros abordajes: no hace falta narrar la experiencia entera. Basta con identificar la imagen y las sensaciones.
- «¿Y si no recuerdo bien?» No importa. Se trabaja con lo que hay, y a veces con la sensación sin imagen clara.
- «¿Puede aparecer algo que no quiero recordar?» Puede aparecer material asociado, sí. Por eso se prepara antes y se avanza al ritmo que puedas sostener.
- «¿Se hace online?» Sí, con estimulación adaptada, aunque para casos complejos preferimos empezar presencialmente.
- «¿Cuántas sesiones?» Para un trauma único y reciente, a menudo pocas. Para historias largas, meses. Nadie serio te dará una cifra en la primera sesión.
- «¿Puedo hacerlo si tomo medicación?» Habitualmente sí, y nos coordinamos con quien la prescribe.
Este artículo es divulgativo y no sustituye a una valoración profesional. Si estás en una situación de riesgo, llama al 024 o al 112.
Cómo encaja el EMDR en un proceso completo
Una confusión bastante extendida es pensar que el EMDR sustituye a la terapia. En la práctica, casi nunca funciona así. Lo habitual es que sea una fase dentro de un proceso más amplio, y que las semanas anteriores y posteriores sean tan importantes como las sesiones de reprocesamiento.
Antes hace falta construir el vínculo, entender la historia completa y desarrollar recursos de regulación. Muchas personas llegan pidiendo EMDR directamente, con prisa por resolver, y una parte de nuestro trabajo consiste en explicar por qué empezar demasiado pronto suele salir mal. No es una excusa para alargar el proceso: es que abrir material sensible sin herramientas para sostenerlo produce desbordamiento y abandono.
Después del reprocesamiento queda otra parte, que es lo que hacemos con el espacio que se ha liberado. Cuando un recuerdo deja de mandar, aparecen decisiones que llevaban años aplazadas y formas de relacionarse que ya no encajan. Ahí es donde entra el trabajo desde la terapia focalizada en la emoción y desde el apego, y donde el cambio se traduce en cosas concretas de la vida diaria.
Qué se nota entre sesiones
Es frecuente que el procesamiento siga fuera de consulta durante los días siguientes: sueños más vívidos, recuerdos que emergen, cansancio, o una sensación de calma que la persona no esperaba. Se avisa siempre por adelantado y se pide llevar un registro sencillo, porque esa información orienta la sesión siguiente. Si algo se hace demasiado intenso, se para y se vuelve a estabilizar. No hay ninguna prisa que justifique forzar.
Si crees que hay algo antiguo que sigue pesando en tu presente, escríbenos y lo valoramos juntos.
Pedir cita


