Saltar al contenido
El duelo no tiene fases, tiene proceso

El duelo no tiene fases, tiene proceso

8 min de lectura Equipo de Psicogabinete Retiro

Hay pocas ideas psicológicas tan extendidas y tan mal entendidas como la de las cinco fases del duelo. Negación, ira, negociación, depresión, aceptación. Se citan en películas, en artículos y en conversaciones de sobremesa como si fueran un itinerario obligatorio. Y quien está atravesando una pérdida acaba midiéndose con esa vara: por qué no he pasado a la siguiente, por qué he vuelto atrás, qué me pasa que no acepto.

Conviene aclararlo. Elisabeth Kübler-Ross formuló ese modelo en 1969 observando a pacientes con enfermedades terminales, es decir, personas ante su propia muerte, no personas en duelo por la pérdida de otro. Ella misma señaló después que no se trataba de etapas lineales ni obligatorias. La investigación posterior sobre duelo no ha encontrado evidencia de que ese recorrido secuencial exista. Lo que sí encuentra es algo bastante distinto y mucho más humano.

Cómo funciona en realidad

El modelo que mejor describe lo que vemos en consulta es el del vaivén, propuesto por Stroebe y Schut. Según este planteamiento, quien está en duelo oscila constantemente entre dos tipos de tareas: las orientadas a la pérdida —llorar, recordar, echar de menos, revisar lo que fue— y las orientadas a la reconstrucción —volver al trabajo, ocuparse de los papeles, retomar la vida, hacer planes—.

Lo importante es que la oscilación no es un fallo: es el mecanismo. Nadie puede sostener el dolor de forma continua sin romperse, y nadie puede evitarlo indefinidamente sin que se cronifique. La alternancia permite procesar por tandas. Por eso es completamente normal reírse a carcajadas en un velatorio y desmoronarse tres semanas después en el supermercado, delante de un producto que la persona compraba siempre.

Cuando alguien nos dice «estoy fatal, ayer estaba bien y hoy no puedo con nada», casi siempre lo que estamos viendo es un duelo funcionando exactamente como debe funcionar.

Lo que nadie cuenta del duelo

Hay experiencias muy frecuentes que la gente no comparte porque teme que signifiquen algo malo sobre ella.

  • El alivio. Muy común cuando ha habido una enfermedad larga o una relación difícil. Casi siempre viene acompañado de una culpa enorme por sentirlo.
  • El enfado con quien murió. Por haberse ido, por no haberse cuidado, por lo que dejó sin resolver. Es normal y no significa falta de amor.
  • Los olvidos momentáneos. Ir a llamarla, poner su plato en la mesa. No es locura: es que el cerebro tarda en actualizar un mapa construido durante años.
  • La percepción de presencia. Oír su voz, notar que está. Ocurre en un porcentaje alto de duelos y no es un síntoma psicótico.
  • La ausencia de llanto. Hay quien no llora y se siente monstruoso por ello. El duelo tiene muchas formas y no todas pasan por las lágrimas.
  • El agotamiento físico. El duelo cansa de una manera que sorprende a quien no lo ha vivido.

Cuánto dura

No hay plazo, y desconfía de quien te dé uno. Lo que sí se observa es una trayectoria: la intensidad va bajando y los intervalos entre olas se van alargando. El primer año suele ser el más duro porque cada fecha es la primera sin esa persona: el primer cumpleaños, la primera Navidad, el primer aniversario. El segundo año a veces sorprende siendo peor en algunos aspectos, porque el entorno ya ha vuelto a la normalidad y uno se queda más solo con ello.

Y una idea que conviene desmontar: el duelo no se supera, en el sentido de dejar atrás. Se integra. La persona sigue formando parte de la vida de quien queda, solo que de otra manera. El objetivo no es dejar de echarla de menos, sino poder echarla de menos sin que eso impida vivir.

No se trata de pasar página. Se trata de poder seguir leyendo el libro con esa página dentro.

Cuándo el duelo se complica

La inmensa mayoría de los duelos no requiere tratamiento psicológico. Requiere tiempo, apoyo y que el entorno no meta prisa. Pero hay un porcentaje —en torno al diez por ciento según distintos estudios— en el que el proceso se atasca, y ahí sí conviene una intervención específica.

Las señales que nos hacen pensar en un duelo complicado son un anhelo intenso y persistente que no cede con los meses, una incapacidad para aceptar la muerte que se mantiene en el tiempo, la evitación sistemática de todo lo que recuerde a la persona o, al contrario, la incapacidad de separarse de sus objetos, una culpa muy intensa, la sensación de que la vida no tiene sentido sin ella, o el deterioro sostenido del funcionamiento diario mucho después de la pérdida.

También hay factores que aumentan el riesgo de complicación: muertes repentinas o violentas, la pérdida de un hijo, relaciones muy ambivalentes o muy dependientes, duelos que no se pudieron acompañar —algo que muchas familias vivieron durante la pandemia—, y la acumulación de varias pérdidas en poco tiempo.

Los duelos que no se reconocen

No todo duelo es por una muerte, y no todo duelo recibe permiso social para existir. Hay pérdidas que duelen igual y ante las cuales el entorno no sabe acompañar: una ruptura, un aborto, una infertilidad, un diagnóstico que cambia el futuro que uno imaginaba, la muerte de un animal de compañía, un despido tras muchos años, una migración. Se llaman duelos desautorizados y tienen un componente de soledad añadido, porque quien los vive percibe que no tiene derecho a estar tan mal.

En consulta los tratamos con la misma seriedad. Que nadie te mande flores no significa que no hayas perdido algo importante.

Cómo acompañar a alguien en duelo

  • Estar más que decir. La presencia sostenida vale más que cualquier frase.
  • Evitar los consuelos automáticos. «Está en un lugar mejor», «tienes que ser fuerte» o «al menos no sufrió» suelen cerrar la conversación.
  • Nombrar a la persona que murió. Mucha gente evita mencionarla por no hacer daño, y lo que produce es la sensación de que se ha borrado.
  • Ofrecer ayuda concreta. «Paso el jueves con la compra» funciona; «avísame si necesitas algo» rara vez se usa.
  • Acordarse después. A los tres meses, a los seis, en el aniversario. Es cuando todo el mundo ha dejado de preguntar.
  • No meter prisa. Cada proceso tiene su ritmo y compararlo con otros no ayuda.

Si estás atravesando una pérdida y sientes que no avanzas, o si te asaltan pensamientos de hacerte daño, pide ayuda: llama al 024 o al 112 si hay riesgo, y consulta con un profesional si el proceso lleva meses sin moverse. José Antonio Pérez, en nuestro equipo, tiene formación específica en intervención en duelo.

Qué se hace en terapia de duelo

Lo primero, y no es poco, es dar un sitio donde el duelo pueda existir sin prisa y sin que nadie se incomode. Muchas personas llegan diciendo que ya no pueden hablar de esto con su entorno porque nota que la gente cambia de tema. Tener un espacio donde eso no ocurre ya es terapéutico por sí mismo.

Después, el trabajo depende de dónde esté atascado el proceso. Si hay evitación, se acompaña un acercamiento gradual: mirar fotos, entrar en la habitación, visitar el sitio, recuperar objetos. Si hay culpa —«debí insistir en que fuera al médico», «no estuve el último día»—, se trabaja específicamente, porque la culpa es probablemente el sentimiento que más atasca los duelos y rara vez cede con argumentos lógicos.

Cuando hay conversaciones pendientes, usamos técnicas experienciales como la silla vacía: decirle a esa persona lo que no se le dijo, en presente, en voz alta. Suena teatral por escrito y en la práctica es una de las intervenciones que más alivio produce. También se trabajan las despedidas simbólicas, sobre todo cuando no hubo posibilidad de despedirse.

Y en algún momento aparece la parte de reconstrucción, que muchas personas viven con culpa: volver a disfrutar, hacer planes, incluso volver a enamorarse. Ahí el trabajo consiste en desmontar la idea de que seguir viviendo es una traición. Casi siempre esa idea, cuando se dice en voz alta, se desmonta sola.

Sobre el duelo en niños

Dos indicaciones que valen mucho. La primera: usar palabras claras. «Ha muerto» y no «se ha ido» o «está dormido», porque las metáforas generan confusión y a veces miedo a dormirse. La segunda: los niños hacen el duelo a ráfagas, alternando llanto y juego en cuestión de minutos, y eso desconcierta a los adultos que interpretan que no les afecta. Les afecta; simplemente no pueden sostenerlo mucho rato seguido, igual que los adultos, pero con intervalos más cortos.

Una última idea que solemos compartir en consulta. Mucha gente pregunta cuándo dejará de doler, y la respuesta honesta es que probablemente nunca del todo, pero que la pregunta está mal formulada. Lo que cambia con el tiempo no es la ausencia de dolor, sino su lugar: pasa de ocuparlo todo a aparecer en momentos concretos, muchas veces asociado a algo bonito. Llega un punto en el que el recuerdo trae más gratitud que desgarro, y ese punto no se alcanza empujando, sino permitiendo.

Si estás en un duelo que se te ha hecho cuesta arriba, escríbenos: acompañarlo se puede.

Pedir cita
644 90 72 50 Pedir cita WhatsApp

Sin compromiso

Pide tu cita

Déjanos tus datos y te respondemos en un máximo de 24 a 48 horas laborables. Si lo prefieres, llámanos al 644 90 72 50.

Necesitamos al menos uno de los dos, teléfono o email, para poder responderte.

Este formulario no es un canal de urgencias. Si estás en una situación de riesgo, llama al 024 o al 112.