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Cómo decirles a los hijos que os separáis

Cómo decirles a los hijos que os separáis

8 min de lectura Equipo de Psicogabinete Retiro

Muchas parejas que ya han decidido separarse aguantan semanas sin dar el paso por una sola razón: no saben cómo contárselo a sus hijos. Es una conversación que da verdadero miedo, y conviene empezar por un dato que alivia: lo que más influye en cómo les afecta una separación no es la separación en sí, sino el nivel de conflicto que vean entre sus padres y la estabilidad que encuentren después.

Dicho de otro modo: no podéis evitarles el disgusto, pero sí podéis evitar casi todo el daño añadido. Esto es lo que recomendamos en consulta.

Antes de hablar: lo que conviene tener decidido

La conversación sale mucho mejor cuando no es el principio de la decisión, sino la comunicación de algo ya decidido. Si todavía estáis dudando, no toca contarlo: los niños captan la indecisión y se quedan esperando que la cosa se arregle.

  • Que la decisión sea firme y, a ser posible, compartida por los dos.
  • Cuándo se va a ir quien se vaya y adónde.
  • Dónde van a dormir ellos y cómo van a ver a cada uno. No hace falta el convenio cerrado, pero sí lo esencial.
  • Qué cosas no cambian: el colegio, los amigos, las actividades, la casa si se quedan en ella.
  • Un guion mínimo acordado entre los dos, para no contradeciros delante de ellos.
  • Un momento sin prisas, en casa y en un día que no sea víspera de algo importante.

Y algo que se olvida: dejad despejadas las horas siguientes. La conversación dura diez minutos, pero lo que viene después (preguntas, llanto, silencio, querer jugar como si nada) necesita que estéis disponibles.

Cómo plantear la conversación

Lo ideal es que estéis los dos, juntos, en el mismo momento, y con todos los hijos a la vez salvo que haya mucha diferencia de edad. Que lo deis juntos transmite el mensaje más importante de todos: que seguís siendo un equipo para lo que les afecta a ellos.

Que sea breve y claro. Algo así: «os queremos contar una cosa importante. Papá y mamá hemos decidido no vivir juntos. Esto no cambia que los dos somos vuestros padres y que os vamos a seguir cuidando igual. Papá se va a ir a vivir a un piso que está a diez minutos, y vosotros vais a estar unos días con él y otros con mamá. El colegio sigue igual, y vuestros amigos también».

Después, silencio. Dejadles reaccionar. Las preguntas que hagan son la mejor guía de lo que necesitan saber, y casi nunca son las que uno había preparado.

Qué decir según la edad

Hasta los cinco años

Frases muy cortas y concretas, centradas en la rutina: dónde duerme, quién le lleva al cole, cuándo ve a cada uno. A esta edad el tiempo se entiende mal, así que ayuda apoyarse en referencias («cuando acabe el finde»). Hay que contar con que pregunte lo mismo muchas veces: no es que no lo haya entendido, es su manera de asimilarlo.

De seis a once

Es la edad en la que más aparece la fantasía de reconciliación y también la culpa: creen que algo que hicieron influyó. Conviene decirlo explícitamente, más de una vez, y responder a las preguntas prácticas con detalle. Suelen preocuparse mucho por lo que dirán sus amigos; ayuda acordar con ellos qué se va a contar en el colegio.

Adolescentes

Merecen algo más de información, pero no la de adultos. Suelen reaccionar con rabia o con una indiferencia aparente que no hay que creerse del todo. Es importante no convertirles en confidentes ni en apoyo emocional de ninguno de los dos, por muy maduros que parezcan, y respetar que necesiten tiempo y su propio espacio para encajarlo.

Si en casa hay adolescentes, aquí contamos cómo acompañarles sin que la conversación se convierta en un pulso. Leer el artículo

Las tres cosas que necesitan oír

  • Que no es culpa suya, dicho con esas palabras y repetido en los días siguientes.
  • Que no van a perder a ninguno de los dos, y cómo va a ser el contacto con cada uno.
  • Que pueden querer a los dos sin tener que elegir ni repartir lealtades.

Y una cuarta que a veces se olvida: que pueden preguntar lo que quieran y que se les va a contestar con la verdad, aunque sea una verdad incompleta.

Qué no contar

La regla es sencilla: los motivos de adultos son asunto de adultos. Una infidelidad, una deuda, lo que dijo la familia del otro, quién lo intentó más. Contarlo pone al hijo en la posición de tener que juzgar a uno de sus padres, y esa es una carga que no le corresponde y que suele pasar factura años después.

Tampoco conviene prometer lo que no está en vuestra mano: que todo va a seguir igual, que vais a seguir celebrando juntos todos los cumpleaños, que nadie va a tener pareja nueva nunca. Es mejor decir «eso todavía no lo sabemos, y cuando lo sepamos os lo contamos».

Las reacciones que puedes esperar

  • No reaccionar y seguir jugando. No significa indiferencia: muchos necesitan días para que les llegue.
  • Rabia, a veces dirigida contra quien da la noticia o contra quien se queda.
  • Volver atrás en cosas ya superadas: pedir dormir en vuestra cama, hacerse pis, hablar como más pequeños.
  • Dolores de tripa o de cabeza, problemas de sueño, bajada en el rendimiento escolar.
  • Intentos de arreglarlo: portarse especialmente bien, organizar planes para los tres.
  • Preguntar si pueden elegir con quién vivir. Se agradece la pregunta y se explica que esa decisión la toman los adultos, para que no cargue con ella.

Casi todo esto es esperable durante las primeras semanas y se va ordenando a medida que la nueva rutina se asienta. Lo que no es esperable es que siga igual o peor varios meses después.

Los meses siguientes: los errores que más daño hacen

  • Usarles de mensajeros: «dile a tu padre que…». Si hay algo que decir, se dice entre adultos.
  • Interrogarles al volver de casa del otro sobre con quién está o qué hace.
  • Criticar al otro delante de ellos, aunque sea con un comentario de pasada.
  • Competir a base de regalos, permisos o planes caros. El que pone límites acaba siendo el malo y eso desgasta a los dos.
  • Convertirles en el consuelo de un adulto que lo está pasando mal.
  • Cambiar las normas por completo en cada casa. No hace falta que sean idénticas, pero sí parecidas en lo importante: horarios, pantallas, deberes.

Si la relación entre vosotros está muy deteriorada, existe la opción de reducir el contacto al mínimo imprescindible y coordinaros por escrito solo para lo que afecte a los hijos. Es menos bonito que llevarse bien, pero funciona bastante mejor que discutir en cada entrega.

Avisad en el colegio

Es un paso que se olvida y que ayuda mucho. Basta con un correo o una conversación breve con el tutor: que sepan que en casa ha habido un cambio, sin entrar en detalles, y que estén atentos las semanas siguientes. Los profesores suelen detectar antes que nadie los cambios de humor, el bajón de concentración o los conflictos con los compañeros.

Conviene también dejar claro quién recoge cada día y actualizar los datos de contacto de los dos, para que ninguno se entere de las cosas del colegio por el otro. Y si hay actividades o tutorías, ir los dos cuando sea posible: para un niño, ver a sus padres juntos en algo suyo vale más que cualquier explicación.

Las preguntas que siempre aparecen

¿Y si uno de los dos no quiere separarse?

Delante de los hijos, la decisión se presenta como conjunta aunque no lo sea. No es mentirles: es evitar que repartan culpas y que uno de los dos quede como el que rompió la familia. El dolor de quien no quería se trabaja en otro sitio, no en esa conversación.

¿Cuándo presentarles a una nueva pareja?

Sin prisa. La recomendación habitual es esperar a que la relación esté consolidada y a que haya pasado tiempo desde la separación, varios meses al menos, y hacerlo de forma gradual, empezando por un plan corto y en terreno neutral. Y avisar antes al otro progenitor, para que se entere por vosotros y no por el niño.

¿Y si el otro habla mal de mí?

No se contrarresta con lo mismo. Lo que protege al hijo es que al menos una de las dos casas sea un sitio donde no se hable mal de nadie. Suele bastar con responder sin entrar al trapo: «ya sé que papá piensa eso; yo lo veo de otra manera, y a ti te queremos los dos».

¿Es mejor aguantar juntos por ellos?

La investigación es bastante consistente en que a los hijos les perjudica más convivir con un conflicto crónico que una separación bien llevada. Aguantar en un clima de tensión permanente les enseña además un modelo de pareja que es fácil que acaben repitiendo.

Cuándo conviene pedir ayuda

Conviene consultar cuando, pasados dos o tres meses, se mantiene alguna de estas cosas: tristeza o irritabilidad constantes, aislamiento de los amigos, caída sostenida en el colegio, problemas de sueño o de alimentación, miedo intenso a separarse de uno de los padres, o la sensación de que el niño se ha hecho cargo de cuidar al adulto.

A veces lo que hace falta no es terapia para el niño, sino unas pocas sesiones con los padres para ordenar la convivencia y el reparto. Y a veces lo que ayuda es que cada adulto tenga su propio espacio para atravesar la ruptura, que también es un duelo.

Sobre esa parte, la vuestra, hablamos aquí. Leer sobre la ruptura

Vuestros hijos no necesitan unos padres que sigan juntos. Necesitan unos padres que no les pongan en medio.

Si queréis preparar esa conversación o reorganizar la convivencia con menos daño, podemos ayudaros. Escríbenos.

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