Los domingos por la noche empieza el dolor de tripa. El lunes por la mañana hay lágrimas en la puerta del colegio y una frase que se repite: «hoy no, mamá». Por la tarde el niño está perfectamente, juega, come y se ríe, y eso desconcierta todavía más. ¿Es un cuento o le pasa algo de verdad?
Le pasa de verdad. Los niños rara vez dicen «estoy ansioso», entre otras cosas porque no tienen esa palabra; lo dicen con el cuerpo, con la conducta y con preguntas que no paran. La ansiedad es, además, el motivo de consulta infantil más frecuente. En este artículo explicamos qué miedos son esperables a cada edad, cómo se reconoce cuándo se ha pasado de la raya, el error que cometemos casi todos los adultos sin darnos cuenta y qué funciona.
Qué miedos son normales a cada edad
Casi todos los miedos infantiles son evolutivos: aparecen, cumplen su función y se van. Saber cuáles tocan en cada etapa ahorra muchos sustos a los padres.
- Hasta los 2 años: ruidos fuertes, extraños y, sobre todo, separarse de las figuras de referencia.
- De 3 a 6: la oscuridad, los monstruos, los disfraces, los animales, quedarse solo en una habitación.
- De 6 a 10: el daño físico, los ladrones, la enfermedad, la muerte, las tormentas y el rendimiento en el colegio.
- A partir de los 10: lo social gana peso. Hacer el ridículo, que se rían, no encajar, hablar en clase.
Un miedo normal aparece en situaciones concretas, se puede calmar con la compañía de un adulto y no impide hacer vida. Si tu hijo tiene miedo a la oscuridad a los cuatro años, eso no es un trastorno: es tener cuatro años.
Cuándo deja de ser un miedo normal
Hay cuatro criterios prácticos que usamos para decidir si merece atención. No hace falta que se cumplan todos.
- Interferencia: impide ir al colegio, dormir, quedar con amigos o hacer actividades que antes hacía.
- Duración: se mantiene semanas o meses, en vez de ir cediendo.
- Intensidad: la reacción es desproporcionada y cuesta muchísimo calmarla.
- Evitación creciente: cada vez hay más sitios, planes o personas que se descartan para no pasarlo mal.
El cuarto es el más importante y el que peor se detecta, porque la vida familiar se va adaptando sin que nadie lo decida: dejamos de ir a cumpleaños, cambiamos la ruta, no apagamos la luz. Desde fuera parece que no pasa nada, precisamente porque hemos organizado la casa para que no pase.
Cómo se ve la ansiedad en un niño
Casi nunca se ve como la imaginamos. Estas son las formas en que aparece en consulta:
- Síntomas físicos sin causa médica: dolor de tripa o de cabeza, náuseas, ganas de ir al baño, sobre todo por la mañana y los domingos por la tarde.
- Enfados y rabietas. Un niño asustado no siempre llora: a veces grita, se niega o pega.
- Preguntas en bucle: «¿seguro que vienes a buscarme?», «¿y si te pasa algo?». Se contestan y vuelven a los cinco minutos.
- Problemas de sueño: le cuesta dormirse, se levanta por la noche, pesadillas, querer dormir con los padres.
- Retrocesos: volver a hacerse pis, hablar como más pequeño, no querer separarse.
- Perfeccionismo: borrar una y otra vez, romper el folio, enfadarse muchísimo con un error pequeño.
- Quedarse mudo o paralizado en situaciones sociales, cuando en casa habla sin parar.
- Mucha necesidad de control: anticipar el plan del día entero, agobiarse con los imprevistos.
Si hay dolores recurrentes, lo primero es descartarlos con el pediatra. Cuando las pruebas están bien y el dolor aparece siempre en los mismos contextos, suele ser esto.
¿Es ansiedad o es su carácter?
Hay niños reservados que tardan en soltarse, observan desde la esquina y, una vez entran en confianza, están perfectamente. Eso es temperamento, no un problema, y forzarlo solo lo empeora.
La diferencia está en el sufrimiento y en la renuncia. Un niño tímido se lo pasa bien en el cumpleaños aunque tarde media hora en entrar; un niño con ansiedad social lo pasa mal toda la semana anterior y acaba no yendo. Uno habla poco en clase; el otro no pide ir al baño aunque se esté haciendo pis. Si hay renuncia y hay sufrimiento, ya no es solo carácter.
El error que cometemos casi todos
Tiene nombre en la literatura clínica: acomodación familiar. Consiste en que, para que el niño no sufra, los adultos vamos haciendo cambios: dormimos con él, contestamos veinte veces a la misma pregunta, hablamos por él en la panadería, le disculpamos del cumpleaños, le llevamos en coche para que no coja el autobús.
Se hace desde el cariño y alivia la tarde. El problema es lo que aprende el niño: que esa situación era efectivamente peligrosa y que no habría podido con ella. Y es lo que más se asocia a que la ansiedad infantil se mantenga. De hecho, buena parte del tratamiento consiste en que los padres retiren esas acomodaciones, poco a poco y con acuerdo, no en que el niño aprenda técnicas de respiración.
No se trata de pasar al otro extremo y soltar al niño en lo que más teme. Eso tampoco funciona y hace daño. Se trata de ir retirando la ayuda por pasos, avisando antes y celebrando cada paso.
Qué ayuda en casa
Validar sin dar la razón al miedo
Hay una diferencia enorme entre «no pasa nada, no seas tonto» y «ya veo que te da miedo; es duro, y yo creo que puedes». La primera niega lo que siente; la segunda reconoce la emoción y, a la vez, transmite confianza. Esa confianza es la que el niño acaba tomando prestada.
Pasos pequeños, pactados de antemano
Si no quiere dormir solo, no se pasa de dormir contigo a dormir solo con la puerta cerrada. Se hacen escalones: tú sentada en la silla, la silla más lejos, en el pasillo con la puerta abierta. Cada escalón se mantiene hasta que deja de dar miedo, y el niño sabe cuál es el siguiente.
Contestar una vez
A las preguntas repetidas se responde una vez, con claridad. A partir de ahí, en lugar de volver a responder, se acompaña: «eso ya lo hemos hablado y la respuesta sigue siendo la misma; ¿quieres que nos sentemos un rato?». Cada respuesta extra alimenta la siguiente pregunta.
Cuidar lo que ve
Los niños ansiosos suelen tener un adulto que también lo es, y no por casualidad: hay una parte heredada y otra aprendida. Si nos ven comprobar diez veces la puerta o anticipar catástrofes en voz alta, eso enseña. Trabajar la propia ansiedad es una de las mejores intervenciones indirectas.
Lo aburrido: dormir, comer, moverse
Un niño que duerme mal tiene menos margen para todo. Horarios estables, pantallas lejos de la cama, tiempo al aire libre y algo de ejercicio no curan un trastorno de ansiedad, pero cambian el suelo sobre el que se trabaja.
Cuando el problema es el colegio
Si hay negativa a ir, conviene actuar rápido: cuantos más días pasa en casa, más cuesta volver, y la vuelta se complica semana a semana. Lo que mejor funciona es coordinarse con el tutor y diseñar una vuelta progresiva (entrar a primera hora, quedarse al recreo, ir ampliando), con un adulto de referencia en el centro al que pueda acudir.
Y antes de dar por hecho que es ansiedad, hay que preguntar directamente por el acoso y por las dificultades de aprendizaje. Un niño que no entiende lo que pasa en clase, o al que están dejando de lado, tiene motivos muy razonables para no querer ir.
Trabajamos con familias y con población infantil y juvenil; así lo hacemos. Ver acompañamiento familiar
Cuándo consultar y cómo es el tratamiento
Merece la pena consultar si la ansiedad lleva semanas interfiriendo, si hay negativa escolar, si el niño ha dejado de hacer cosas que le gustaban o si en casa estáis organizando la vida alrededor del miedo.
El tratamiento con más respaldo en ansiedad infantil es la terapia cognitivo conductual adaptada a la edad, con exposición gradual y con mucha participación de los padres, que a menudo son la pieza principal: en niños pequeños, buena parte del trabajo se hace a través de ellos. Suelen ser procesos de unos meses, no de años, y la medicación se reserva para casos intensos y siempre valorada por un médico.
En consulta trabajamos con el niño y con la familia a la vez, porque los cambios que sostienen la mejoría ocurren en casa, entre sesión y sesión.
Preguntas que nos hacen los padres
¿Se le pasará solo con la edad?
Muchos miedos evolutivos sí. Un trastorno de ansiedad instalado, con evitación, tiende a mantenerse y a cambiar de forma: el que hoy no duerme solo puede ser el adolescente que no quiere ir a clase. Tratarlo pronto es más fácil y más corto.
¿Es culpa nuestra?
No. Hay temperamento, genética, experiencias y azar. Lo que sí está en vuestra mano es cómo se responde al miedo en casa, y eso se puede cambiar. Por eso trabajamos con los padres: no para repartir culpas, sino porque sois el recurso más potente que tiene el niño.
¿Tiene que venir él o vamos nosotros?
Depende de la edad y del caso. Con niños pequeños es frecuente empezar solo con los padres. Con mayores, lo habitual es combinar sesiones con el niño y sesiones de pauta familiar.
¿Le va a marcar venir al psicólogo?
Lo que marca es pasarlo mal durante años sin que nadie le explique lo que le ocurre. Los niños suelen vivir la consulta con bastante naturalidad si los adultos no se la presentan como un castigo ni como un secreto.
A un niño con miedo no le ayuda que le quitemos el obstáculo. Le ayuda que le acompañemos a pasarlo, un poco cada vez.
Si estáis dando vueltas a si consultar, escribidnos y lo valoramos con vosotros antes de nada.
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