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Atracones: qué hay debajo de la pérdida de control con la comida

Atracones: qué hay debajo de la pérdida de control con la comida

8 min de lectura Equipo de Psicogabinete Retiro

La escena se repite con pocas variaciones. Un día que ha ido mal, o simplemente un día largo. La casa en silencio. Y de pronto una cantidad de comida que no se decidió comer, con una sensación rara de estar y no estar, de ir en piloto automático. Después, casi siempre, lo mismo: culpa, vergüenza, la promesa de que mañana se empieza bien y el propósito de compensar.

Quien lo vive suele interpretarlo en clave moral. Soy débil, no tengo fuerza de voluntad, si quisiera de verdad podría. Es una lectura comprensible y es falsa. Los atracones tienen un mecanismo bastante bien descrito, y ese mecanismo no tiene que ver con el carácter.

Qué es un atracón

Técnicamente, comer en un periodo acotado una cantidad de comida claramente superior a la que la mayoría comería en circunstancias similares, acompañado de una sensación de pérdida de control. Ese segundo elemento es el importante: no se trata de cuánto se come, sino de la vivencia de no poder parar.

Puede aparecer dentro de distintos cuadros. En el trastorno por atracón, sin conductas compensatorias posteriores. En la bulimia nerviosa, seguido de vómitos, laxantes, ayunos o ejercicio para compensar. Y también fuera de cualquier diagnóstico, como un patrón que no cumple todos los criterios pero genera un malestar considerable y merece atención igualmente. En consulta atendemos las tres situaciones, y la última es probablemente la más frecuente.

El círculo que lo mantiene

Este es el punto clave y el que más alivia entender, porque explica por qué el esfuerzo no funciona.

Todo empieza habitualmente por la restricción. Alguien decide comer mejor, y en la práctica eso significa comer menos, saltarse comidas o eliminar categorías enteras de alimentos. El cuerpo responde como está diseñado a responder ante la escasez: aumenta el hambre, sube la preocupación por la comida y baja el umbral de control. Los estudios clásicos sobre semiinanición ya lo documentaron hace décadas en personas sanas: restringir produce obsesión por la comida y episodios de descontrol, independientemente de la personalidad.

Cuando aparece el atracón, llegan la culpa y la vergüenza. Y la respuesta lógica ante la culpa es… restringir más. Se cierra el círculo. Cada vuelta lo aprieta un poco: más restricción, más descontrol, más culpa, más restricción.

A ese motor se le suma casi siempre un segundo: la regulación emocional. Comer así calma. Anestesia. Interrumpe una emoción que resultaba insoportable. Funciona rápido y por eso se aprende. El problema es que la emoción sigue ahí después, con la culpa encima.

Por qué las dietas empeoran esto

Es la intervención que casi todo el mundo prueba primero y la que más contribuye a cronificarlo. Una dieta restrictiva mete de lleno en la primera parte del círculo. Además instala un pensamiento de todo o nada —«ya lo he roto, así que hoy da igual»— que es el disparador más habitual de los atracones grandes.

Por eso el abordaje terapéutico serio empieza casi siempre por lo contrario de lo que la persona espera: regularizar la alimentación, comer suficiente y a horas, y dejar de prohibir alimentos. Suena arriesgado y es lo que rompe el ciclo.

Qué hay debajo

Cuando el mecanismo se estabiliza, aparece la pregunta de fondo: qué función estaba cumpliendo. Y aquí la respuesta es distinta en cada persona, aunque hay temas que se repiten.

  • Regular emociones que no encuentran otra salida: rabia que no se puede expresar, tristeza que no se permite, ansiedad de fondo.
  • Llenar un vacío relacional, especialmente en periodos de soledad o después de una ruptura.
  • Rebelarse contra el control, propio o ajeno, cuando la vida está muy reglada.
  • Castigarse, en personas con una autoexigencia muy alta y una relación difícil consigo mismas.
  • Ocupar un cuerpo que, por lo que sea, no se siente seguro siendo mirado.

Ese último punto es delicado y aparece más veces de las que se habla, sobre todo cuando ha habido experiencias tempranas de invasión o de falta de protección. Se trabaja con mucho cuidado y solo cuando hay recursos suficientes.

El síntoma alimentario casi nunca trata sobre comida. Trata sobre lo que la comida está consiguiendo apagar.

Cómo lo abordamos

El tratamiento con más respaldo para los atracones es la terapia cognitivo-conductual mejorada, y es de donde tomamos buena parte de la estructura de la primera fase: regularizar comidas, registrar sin juzgar, identificar disparadores y desmontar el pensamiento de todo o nada. Esta fase suele producir una reducción notable de la frecuencia en pocas semanas.

A partir de ahí entra el trabajo que en nuestro centro consideramos imprescindible para que el cambio se sostenga: entender qué regula el síntoma y desarrollar otras formas de hacerlo. Es donde usamos la terapia focalizada en la emoción y el focusing, este último especialmente útil para recuperar señales corporales de hambre y saciedad que llevan años silenciadas por el ruido de las normas alimentarias.

Cuando el caso lo requiere, coordinamos con psiquiatría y con nutricionistas especializados en trastornos de la conducta alimentaria. Es importante el matiz: no cualquier nutricionista, porque un enfoque centrado en el peso puede reforzar exactamente lo que estamos intentando desmontar.

Qué no ayuda

  • Vaciar la despensa. La escasez en casa refuerza la lógica de la restricción y aumenta la probabilidad del siguiente episodio.
  • Compensar con ejercicio. Convierte el movimiento en castigo y perpetúa el ciclo.
  • Pesarse a diario. Introduce un ruido diario que casi siempre dispara la restricción.
  • Prometerse que mañana será distinto. La promesa forma parte del ciclo, no de la solución.
  • Que el entorno vigile lo que se come. Genera ocultamiento y más vergüenza.

Si acompañas a alguien

Lo más útil que puedes hacer es quitar la comida del centro de la conversación. Comentarios sobre lo que come, sobre su cuerpo o sobre su aspecto —incluso los elogiosos, incluso los bienintencionados— suelen empeorar las cosas. Preguntar cómo está, sin condicionar la respuesta a lo que ha comido, abre mucho más.

Y si detectas que hay conductas compensatorias, pérdida de peso rápida, mareos o alteraciones del ciclo menstrual, conviene una valoración médica sin demora. Los trastornos de la conducta alimentaria tienen implicaciones físicas reales y el tiempo cuenta.

Este artículo es divulgativo y no sustituye a una valoración profesional. Si estás en una situación de riesgo, llama al 024 o al 112.

Cómo son las primeras semanas de tratamiento

Conviene explicarlo porque casi nadie llega esperando lo que se encuentra. La primera tarea no es dejar de tener atracones: es dejar de restringir. Eso significa hacer entre cinco y seis ingestas al día, con horarios más o menos estables, sin saltarse ninguna aunque haya habido un episodio la noche anterior. Suena sencillo y es lo más difícil del proceso, porque va en contra de todo lo que la persona lleva años creyendo.

La segunda tarea es el registro. No un diario de calorías, sino un registro de contexto: qué comí, dónde, con quién, qué estaba sintiendo antes y qué después. El objetivo no es controlar, es entender. Al cabo de dos o tres semanas suelen aparecer patrones muy claros que la persona no había visto: que los episodios se concentran los domingos, o después de hablar con alguien concreto, o los días en que no ha comido nada hasta las cinco de la tarde.

La tercera es reintroducir alimentos prohibidos, de forma planificada y en contextos seguros. Es contraintuitivo y es una de las intervenciones más eficaces que existen, porque desactiva el poder que la prohibición otorga a esos alimentos. Cuando el chocolate deja de ser un territorio vetado, deja también de ser el protagonista del atracón.

Lo que suele ocurrir por el camino

Habrá recaídas, y merece la pena decirlo desde el principio para que no se interpreten como fracaso. Un episodio después de tres semanas buenas no borra las tres semanas: son datos, no sentencias. Lo que sí conviene es analizarlo sin dramatismo, porque cada episodio trae información sobre qué lo disparó.

También es habitual que aparezca miedo al peso. Al regularizar la alimentación, algunas personas temen que su cuerpo cambie. En la práctica, dejar de alternar restricción y descontrol suele estabilizar más que desestabilizar, pero es una preocupación legítima que se habla abiertamente en consulta en lugar de despacharse con un «no te preocupes».

Y aparece, casi siempre, un momento intermedio incómodo: cuando los atracones bajan mucho y la persona se queda con la emoción que estaban tapando, ahora sin anestesia. Ese momento es duro y es también la puerta al trabajo que de verdad sostiene el cambio. Por eso no dejamos a nadie ahí solo.

Sobre la duración: los tratamientos con mejor respaldo se plantean en torno a veinte sesiones para la parte estructurada, aunque el proceso completo suele alargarse cuando se aborda el fondo emocional. Muchas personas notan una reducción clara de la frecuencia de los episodios en el primer mes y medio, lo cual da margen para lo demás. Y una precisión importante: pedir ayuda pronto cambia el pronóstico de forma significativa. La media de años que la gente tarda en consultar por un problema alimentario es alta, y cada año que pasa el patrón está más automatizado y cuesta un poco más desmontarlo.

Patricia Zori es especialista en trastornos de la conducta alimentaria. Puedes leer aquí cómo trabajamos. Ver cómo trabajamos

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