Hay un momento que casi nadie cuenta y que conocemos bien: el rato antes de la primera sesión. La gente llega quince minutos antes, da una vuelta a la manzana, se plantea escribir para cancelar y finalmente sube. Después, cuando llevamos unas cuantas sesiones, muchos lo recuerdan con humor. Pero en ese momento no tiene ninguna gracia.
Buena parte de esos nervios viene del desconocimiento. No se sabe qué hay que hacer, qué te van a preguntar, si vas a tener que contarlo todo de golpe ni si vas a acabar llorando delante de un desconocido. Así que vamos a contarlo, porque saber qué esperar quita bastante presión.
Antes de entrar
No tienes que preparar nada. Ni un discurso, ni un resumen ordenado de tu vida, ni saber explicar qué te pasa. De hecho, mucha gente empieza diciendo «no sé ni por dónde empezar» y eso es un comienzo perfectamente válido. Nuestro trabajo incluye ayudarte a ordenar, no exigirte que llegues ordenado.
Si te ayuda llevar algo apuntado, llévalo. Hay personas a las que les da seguridad tener tres notas en el móvil para no quedarse en blanco. También es útil, aunque no imprescindible, saber si tomas alguna medicación y si has hecho terapia antes.
Qué pasa dentro
La sesión dura una hora y es una conversación. No hay diván, no hay preguntas trampa y no hay silencios incómodos deliberados. El terapeuta habla, pregunta y a veces explica cosas.
Lo primero suele ser el encuadre: cómo funcionamos, la confidencialidad, la duración, la frecuencia, la tarifa y la política de cancelaciones. Es aburrido y es importante, porque saber las reglas del sitio donde vas a contar cosas delicadas ayuda a relajarse.
Después se habla de lo que te trae. Cuándo empezó, cómo es un día malo, qué has probado ya, qué ha cambiado en tu vida últimamente. También preguntamos por lo que funciona: con quién cuentas, qué te sostiene, qué se te da bien. Esa parte sorprende a mucha gente, que llega esperando hablar solo de lo que va mal.
En algún momento aparecerán preguntas sobre tu historia: familia, infancia, relaciones importantes. No para hurgar, sino porque el presente se entiende mejor con contexto. Puedes responder lo que quieras y decir «prefiero no hablar de eso todavía» las veces que necesites. Es una respuesta legítima y la respetamos sin insistir.
Preguntas incómodas que sí hacemos
Hay dos que conviene anticipar. Una es sobre consumo de alcohol y otras sustancias. La otra es sobre si has tenido pensamientos de hacerte daño. No las hacemos por sospecha ni las hacemos solo a algunas personas: forman parte de una valoración responsable y las preguntamos a todo el mundo. Responder que sí no desencadena nada dramático; simplemente nos permite cuidarte mejor.
Qué no pasa
- No te van a diagnosticar en la primera sesión, ni probablemente en la segunda. Y en muchos casos no hace falta ninguna etiqueta para trabajar bien.
- No tienes que llorar. Ni no llorar. Las dos cosas están bien.
- No vamos a llamar a nadie. La confidencialidad es la norma, con las excepciones legales de riesgo grave que se explican en el encuadre.
- No te vamos a juzgar por lo que cuentes. Llevamos años escuchando y muy pocas cosas nos sorprenden.
- No vas a salir con la vida resuelta. Sales, como mucho, con la sensación de que hay un sitio donde empezar.
- No firmas nada que te comprometa a un número de sesiones.
Cómo saber si has acertado
La investigación es bastante clara en un punto: la calidad del vínculo entre paciente y terapeuta predice los resultados mejor que casi cualquier otra variable, incluido el enfoque teórico. Así que la pregunta importante no es si el profesional tiene el currículum más largo, sino si con esa persona concreta puedes hablar.
Buenas señales: te has sentido escuchado sin interrupciones, ha preguntado más de lo que ha afirmado, no ha minimizado lo que le has contado, te ha explicado con claridad cómo trabaja y qué propone, y has salido con una sensación de alivio aunque no se haya resuelto nada.
Señales de alarma: promesas de resultados garantizados o en un número fijo de sesiones, consejos rápidos sobre tu vida personal, hablar más de sí mismo que de ti, presionarte para contratar un paquete largo, o restar importancia a lo que te preocupa. También conviene comprobar siempre que quien te atiende es psicólogo sanitario con número de colegiado; es un dato público y verificable.
Y algo que decimos siempre: si después de tres o cuatro sesiones no te sientes cómodo, dilo. No es una descortesía. Un buen profesional lo agradece, lo trabaja contigo y, si no encaja, te ayuda a buscar a otra persona. Que no funcione con alguien no significa que la terapia no funcione.
No hace falta que sepas explicar lo que te pasa. Con que quieras entenderlo, hay por dónde empezar.
Después de la primera sesión
Es habitual salir con una mezcla rara de alivio y remoción. Alivio porque por fin se ha dicho en voz alta algo que llevaba tiempo dentro; remoción porque nombrar las cosas las hace más reales. Algunas personas duermen mal esa noche y otras duermen mejor que en semanas. Las dos reacciones son normales.
También es frecuente que en los días siguientes aparezca la tentación de no volver. Suele coincidir con haber contado algo importante. Si te pasa, merece la pena llevarlo a la siguiente sesión en vez de cancelar: casi siempre hay ahí información valiosa sobre cómo funcionas.
En cuanto a la frecuencia, solemos empezar semanales. No es una cuestión comercial: al principio hace falta continuidad para construir la relación y definir los objetivos. Más adelante se espacian, y esa conversación se tiene abiertamente contigo.
Si es para otra persona
Muchas primeras llamadas las hace un familiar preocupado. Podemos orientar, explicar cómo trabajamos y ayudar a pensar cómo plantear el tema. Lo que no podemos es hacer terapia con alguien que no quiere venir. Para que un proceso funcione, la persona tiene que verle algún sentido, aunque sea a regañadientes. Cuando no es el caso, a veces lo más útil es que quien consulta empiece un proceso propio: cambiar cómo se acompaña también cambia el sistema.
Sobre la duración de la primera cita, una aclaración: en algunos centros la llaman «sesión de valoración» y dura menos o es gratuita. En el nuestro es una sesión completa de una hora, con su tarifa habitual, porque entendemos que el trabajo ya empieza ahí y no en la segunda. Sea cual sea el formato, conviene preguntarlo antes para no llevarse sorpresas.
Cómo elegimos con quién te asignamos
En un centro con varios profesionales, esa decisión importa y no se toma al azar. Cuando alguien escribe o llama, preguntamos por el motivo, por el formato que prefiere y por si tiene alguna preferencia concreta, y a partir de ahí proponemos a la persona del equipo cuya formación encaja mejor con lo que se plantea. No siempre hay una única opción buena; cuando hay varias, lo comentamos.
También ocurre a veces que, después de las primeras sesiones, el propio terapeuta valora que otro compañero encajaría mejor. Proponerlo no es un fracaso ni un descarte: forma parte de trabajar en equipo y de anteponer el resultado a la comodidad. Se plantea siempre contigo y nunca se hace sin tu acuerdo.
Dudas prácticas que casi nadie se atreve a preguntar
- «¿Puedo ir aunque no me pase nada grave?» Sí. No hay un umbral mínimo de sufrimiento para merecer ayuda. Mucha gente viene por cosas que ella misma califica de tonterías y resultan no serlo.
- «¿Y si me quedo en blanco?» Pasa a menudo y no es un problema: para eso está el terapeuta, para preguntar y sostener la conversación.
- «¿Tengo que contarlo todo desde el principio?» No. El ritmo lo marcas tú. Hay cosas que aparecen en la sesión treinta y está bien que sea así.
- «¿Me van a mandar pastillas?» Los psicólogos no prescribimos. Si valoramos que una consulta médica podría ayudarte, lo hablamos contigo y nos coordinamos.
- «¿Se lo pueden contar a alguien?» No, salvo las excepciones legales por riesgo grave, que se explican al principio.
- «¿Y si lloro?» Llora. Hay pañuelos en la mesa por algo.
Si es tu primera vez en terapia
Hay una expectativa que conviene ajustar, porque genera muchos abandonos tempranos. Es frecuente que las primeras sesiones produzcan alivio y que después llegue una fase en la que uno se siente algo peor: aparecen cosas que llevaban tiempo guardadas, se remueve material antiguo y la sensación es de haber abierto una caja que estaba mejor cerrada.
Ese momento es habitual y no significa que la terapia vaya mal. Suele significar justo lo contrario. Lo importante es no atravesarlo en silencio: decirlo en sesión permite ajustar el ritmo, reforzar recursos y decidir juntos por dónde seguir. Un buen proceso no consiste en ir cuesta abajo desde el primer día, sino en que haya alguien sosteniendo el mapa cuando el terreno se complica.
Si llevas tiempo dándole vueltas a pedir cita, escríbenos y te contamos cualquier duda antes de decidir.
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