La descripción se repite casi con las mismas palabras. Estaba en el supermercado, en el metro, en el sofá de casa sin hacer nada en particular. De pronto el corazón se disparó, el aire dejó de entrar bien, las manos se durmieron, todo se volvió irreal y apareció la certeza absoluta de que algo terrible estaba a punto de ocurrir: un infarto, un desmayo, volverse loco. Duró unos minutos que parecieron mucho más. Y después, el agotamiento y la vergüenza.
Un ataque de pánico es una de las experiencias más desagradables que existen y, al mismo tiempo, una de las que mejor responden al tratamiento psicológico. Las dos cosas son ciertas y conviene saberlas desde el principio.
Qué ocurre exactamente en el cuerpo
Un ataque de pánico es una respuesta de alarma completa activándose sin que haya una amenaza real. El organismo tiene un sistema diseñado para salvarnos la vida ante un peligro inmediato: libera adrenalina, acelera el corazón para llevar más sangre a los músculos, aumenta la respiración para oxigenarlos, desvía riego de las extremidades y del aparato digestivo, agudiza los sentidos. En una situación de peligro real, esto es exactamente lo que uno necesita.
El problema aparece cuando se dispara sin peligro. Entonces todas esas sensaciones ocurren sin explicación aparente, y el cerebro, que necesita dar sentido a lo que siente, concluye lo peor: si el corazón va así de rápido, algo grave le pasa al corazón. Esa interpretación catastrófica genera más miedo, el miedo genera más adrenalina, y la adrenalina intensifica las sensaciones. Ese bucle es el ataque de pánico.
Aquí va el dato que más alivio suele producir: la respuesta de alarma es autolimitada. La adrenalina se metaboliza. Ningún ataque de pánico dura horas por mucho que lo parezca; el pico suele estar entre los dos y los diez minutos, y después baja aunque no hagas absolutamente nada. No provoca infartos, no hace que te vuelvas loco y no mata. Es tremendamente desagradable y completamente inofensivo.
Por qué empiezan a repetirse
La mayoría de las personas tiene un primer episodio en un momento de sobrecarga: un periodo de estrés sostenido, poco sueño, una pérdida, un cambio importante, a veces con alcohol o mucha cafeína de por medio. Ese primer ataque, por sí solo, no sería un problema. Lo que convierte un episodio en un trastorno es lo que ocurre después.
Aparece el miedo al miedo. La persona empieza a vigilar su cuerpo en busca de señales, y como el cuerpo siempre hace ruido —un latido irregular, un mareo al levantarse, un pinchazo—, encuentra material constantemente. Cada señal detectada activa la alarma. Y en paralelo empieza la evitación: no coger el metro, no ir solo, no hacer deporte intenso, llevar siempre agua o una pastilla en el bolsillo.
La evitación funciona a corto plazo y por eso se refuerza. Pero cada vez que evitas, confirmas para tu cerebro que ese sitio era efectivamente peligroso y que te salvaste por poco. El territorio seguro se va encogiendo. Ese encogimiento es lo que en algunos casos acaba en agorafobia.
Qué hacer durante un ataque
Ninguna de estas indicaciones es magia y ninguna sustituye al tratamiento, pero ayudan a atravesarlo con menos daño.
- Recordarte lo que es. «Esto es un ataque de pánico. Es horrible, no es peligroso y va a bajar solo.» Repetirlo aunque no te lo creas del todo.
- Alargar la espiración. No respirar hondo, que suele empeorarlo: soltar el aire despacio, más tiempo del que tardas en cogerlo. Cuatro segundos dentro, seis o siete fuera.
- No luchar contra las sensaciones. Cuanto más intentas frenarlas, más adrenalina. Permitir que suban y bajen acorta el episodio.
- Quedarte donde estás si puedes. Salir corriendo alivia en el momento y refuerza el problema. Si necesitas salir, vuelve a entrar después aunque sea un minuto.
- Anclarte en lo concreto. Nombrar en voz baja cinco cosas que ves, cuatro que oyes, tres que tocas. Sirve para salir de la vigilancia interna.
- Después, no analizarlo en caliente. El repaso obsesivo de lo ocurrido alimenta el miedo al siguiente.
Cuándo hay que descartar causas médicas
Siempre que sea la primera vez, o si el cuadro cambia de forma, conviene una revisión médica. Problemas de tiroides, alteraciones del ritmo cardiaco, anemia o determinados fármacos pueden producir síntomas parecidos. Una vez descartado, insistir en pruebas médicas sucesivas suele formar parte del problema más que de la solución: la tranquilidad que dan dura poco y refuerza la búsqueda de seguridad.
El objetivo del tratamiento no es no volver a tener nunca un ataque. Es que dejen de darte miedo.
Cómo se trata en terapia
El trastorno de pánico es uno de los cuadros con mejor pronóstico en psicología, y el abordaje está bastante bien establecido. Empezamos por la psicoeducación, que no es un trámite: entender de verdad el mecanismo desmonta buena parte de la interpretación catastrófica y suele bajar la frecuencia de los episodios por sí sola.
Después trabajamos la exposición, que es el núcleo del tratamiento y se hace de forma gradual y pactada, nunca de golpe. Hay dos tipos. La exposición interoceptiva consiste en provocar deliberadamente en consulta las sensaciones temidas —hiperventilar unos segundos, girar en una silla, subir escaleras rápido— para comprobar en primera persona que esas sensaciones no llevan a la catástrofe. La exposición en vivo consiste en volver poco a poco a las situaciones evitadas, empezando por las más manejables.
En paralelo se retiran las conductas de seguridad: el agua siempre en el bolso, ir acompañado, sentarse cerca de la salida. Son las que mantienen la creencia de que sin ellas ocurriría lo peor. Y se trabajan las estrategias de regulación para el día a día, porque un cuerpo cronificado en activación tiene el listón mucho más bajo.
Hasta aquí, el trabajo más conductual. En nuestro centro no lo dejamos ahí. Cuando los ataques remiten preguntamos qué estaba pasando en la vida de la persona cuando empezaron, porque el pánico rara vez llega de la nada. Muchas veces hay una situación insostenible que no se estaba mirando, un duelo sin hacer, una decisión aplazada durante años o una exigencia que el cuerpo ya no podía sostener. Trabajar eso es lo que reduce la probabilidad de que el cuadro vuelva por otra vía.
Cuánto tarda
Con un tratamiento bien llevado, la mayoría de las personas nota mejoría clara en unas pocas semanas y una reducción sustancial de los episodios en unos meses. Es de los trabajos más agradecidos que hacemos. Lo que sí requiere es constancia con las exposiciones entre sesiones: ahí es donde ocurre el aprendizaje real, no en la consulta.
Y una nota sobre la medicación: en algunos casos, valorada por un médico, puede ayudar a bajar el nivel de activación lo suficiente como para poder trabajar. No es incompatible con la terapia y no significa fracaso. Lo que sí conviene evitar es usar ansiolíticos como conducta de seguridad permanente, porque entonces se convierten en parte del mantenimiento del problema. Coordinarnos con quien prescribe es parte de nuestro trabajo cuando el caso lo requiere.
Si estás en una situación de riesgo o con pensamientos de hacerte daño, llama al 024 o al 112. Este artículo es divulgativo y no sustituye a una valoración profesional.
Cuando el mundo se va encogiendo
La agorafobia no es, como suele creerse, miedo a los espacios abiertos. Es miedo a estar en un sitio del que sería difícil o vergonzoso salir si apareciera un ataque. Por eso las situaciones típicas son el transporte público, las colas, los cines, las autopistas o simplemente estar solo lejos de casa. La lógica es siempre la misma: y si me pasa aquí, cómo salgo.
Se instala de forma progresiva y casi sin que uno lo decida. Primero se evita el metro en hora punta. Luego el metro entero. Luego se pide a alguien que acompañe. Luego se deja de quedar. Cuando la persona llega a consulta, muchas veces lleva meses organizando su vida alrededor de una lista de sitios prohibidos que nunca escribió pero cumple a rajatabla.
La buena noticia es que se revierte por el mismo camino por el que se instaló, en sentido contrario y por pasos. Se construye una jerarquía de situaciones ordenadas por dificultad y se empieza por abajo, repitiendo cada paso hasta que la ansiedad baja de forma natural antes de subir al siguiente. Es un trabajo lento, muy poco espectacular y extraordinariamente eficaz cuando se hace con método.
Si acompañas a alguien con ataques de pánico
- No minimices. «No es nada, tranquilízate» no calma a nadie y añade sensación de no ser comprendido.
- Tampoco alarmes. Preguntar cada dos minutos si está mejor mantiene el foco puesto en el cuerpo.
- Quédate cerca y en silencio. Un tono tranquilo y frases cortas ayudan más que un discurso.
- No tomes el control de sus evitaciones. Llevarle en coche a todas partes alivia hoy y consolida el problema mañana.
- Anímale a consultar sin presionar. El tratamiento funciona, y saberlo suele ser lo que empuja a dar el paso.
Trabajamos la ansiedad y los ataques de pánico en el centro y también online. Escríbenos y te contamos cómo.
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